jueves, abril 13, 2017

Lo nuestro, Pulperías: Mira- Mar. Bolívar



Si buscamos la palabra pulpería en el diccionario vamos a encontrar la siguiente definición: “Despacho de comestibles y bebidas en la campaña, más importante que el boliche. En los tiempos antiguos las pulperías tenían en su interior rejas de hierro o de madera que separaban al público de la parte donde se hallan las mercaderías y despachaba el pulpero. La pulpería es almacén, tienda, taberna y casa de juego.




La pulpería era un centro de abastecimiento de vestuario, medicinas, herramientas, alimentos, objetos de uso cotidiano; también, un lugar de sociabilidad donde los pobladores se reunían a conversar sobre acontecimientos políticos, chismes y a realizar actividades de esparcimiento. Se las podía encontrar tanto en la ciudad como en la campaña. 


Vendían casi de todo: empezando por fuertes bebidas alcohólicas como ser aguardiente, caña, ginebra, y siguiendo con refrescos, vinos en “damajuana”, yerba, azúcar, arroz, pan, grasa, sardinas, leña, artículos de talabartería, mercería, armería, telas y artículos de mercería, ropa y otros artículos de vestir, artículos de tocador, tabaco y cigarrillos, lumbre y combustible, vajilla y cuchillos, aperos de montar, artículos de ferretería y aperos agrícolas, papel y hasta productos de farmacia. La gente de buena posición no concurría esta clase de negocios; preferían, más bien, enviar a sus sirvientes o esclavos a buscar lo que necesitaba.


En 1799, el número de pulperías que había en Buenos Aires ascendía a 274, otras 121 estaban desparramadas en la campaña y 47 en Montevideo que eran como sucursales de las de Buenos Aires. No había pago que no albergara su pulpería y hacia 1815,  había ya  más de cuatrocientos cincuenta en toda la campaña (esto quiere decir, una pulpería cada noventa habitantes), siendo  especialmente abundantes en las áreas agrícolas, como Lobos, Morón, San José de Flores o San Isidro.




Las pulperías, eran sencillas construcciones, muchas veces de adobe, paja y cañas, con piso de tierra. Un mostrador, muchas veces enrejado, para  salvaguardar  al pulpero de los parroquianos pasados en la bebida,  algunas pocas mesas y sillas que se acomodaban en su interior, iluminado con faroles primero de aceite y luego de sebo y unas rudimentarias estanterías para exhibir las mercaderías eran todo su mobiliario.  Completaban sus existencias  la infaltable imagen de San Miguel, una balanza romana o de cruz, barriles, pipas, tercerolas, sacos y frascos por el suelo y eso sí: el infaltable palenque afuera para que allí ataran sus caballos los parroquianos. A veces, un terreno simplemente apisonado a un costado de la pulpería, servía de pista para los bulliciosos bailes que frecuentemente realizaba la paisanada, y que invariablemente terminaba en algún “duelo de machos a facón”, como resultado del exceso de bebida, sucesos que en varias oportunidades llegaron a preocupar a los gobernantes, por los disturbios que en esos “bailongos” se generaban.


La payada es un recitado con rima, cantado y acompañado de guitarra que se entonaba en las pulperías o en los fogones. Las payadas se hacían a partir de temas del momento, como por ejemplo los duros trabajos del gaucho, los problemas con la justicia, la relación entre las parejas, las destrezas con las tareas del campo, la guerra civil. Cuando la payada es a dúo, se denomina contrapunto y toma la forma de una competencia cantada, en la que cada payador debe contestar las preguntas de su contrincante para luego preguntar él del mismo modo. La payada se termina cuando uno de los cantores no puede responder a la pregunta de su “rival”. 



Curiosidadsobre las Pulperías.
En 1775 por orden del Cabildo de Buenos Aires, en el término de un mes, las pulperías debieron instalarse en la vecindad de los sitios poblados y se prohibió a los pulperos aceptar mercaderías (cuero, grasa, lana, cebo), a cambio de los vicios (yerba, tabaco, galleta, cigarros, bebidas). El trueque sólo era posible con los propietarios de tierras.
La prohibición, que seguramente no fue muy respetada, trajo aparejada la aparición de la pulpería volante






No es fácil llegar a la pulpería en la actualidad , pero acaso sea esto lo que atraiga más, Mira-Mar, que supo escaparle al tiempo, está en un limbo cartográfico.   Si uno viene por Buenos Aires hasta Bolívar, en la rotonda en donde la ruta 205 pasa a ser 65, hay que seguir unos cuatro kilómetros, y en la primera huella de tierra, hacia la derecha hay que mandarse. De acá son 25 kilómetros de tierra por el camino real. Mira-Mar aparecerá rodeada de árboles, como un espejismo criollo, una fachada de ladrillos ocres y una puerta siempre abierta inspira la esperanza de que los buenos tiempos en donde la tranqulidad y la calma dominaban, aún perduran.



La familia Urrutia está en este paraje desde 1870 cuando Mariano, el bisabuelo de Juan Carlos, actual pulpero, llegó de España. Amanecía todos los días de su vida viendo el mar Cantábrico en un pueblo costero llamado Miramar. De golpe, tras cruzar el océano, se halló en la pampa, en el medio de la nada. Entonces en el paraje La Colorada, cerca de donde está la pulpería había una laguna, y el melancólico español se pasaba los días mirando ese pequeño espejo de agua que le traía recuerdos de su España y de su mar. “Mira-Mar”, dice la tradición familiar que el viejo Mariano exclamó. “Este lugar se tiene que llamar Mira-Mar”, y así fue y así continúa llamándose.






Colegio San Cayetano de La Plata. Historia. www.elarcondeclio.com.ar

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